Fide y la Belleza

Live link : Txemarodriguez

Fide viene de una muerte anunciada cada día de su vida (que podría ser el último, en esto somos iguales los sanos y los enfermos), de un padre que le daba sangre periódicamente y murió en un accidente siendo ella una niña y de una madre por la que se hizo fuerte, a la que ayudó a llevar la carga del dolor.

Se siente hermosa en este momento. Es lo que percibo cuando le pido que me mire, es lo que necesito ahora mismo, más que ninguna otra cosa. Lleva mucho rato esquivando la cámara. Cada vez que alzo el objetivo me ofrece el perfil para evitar el choque frontal. Es a mí a quien intenta proteger. Soy consciente. Consigo un par de disparos similares. Sé que no habrá más desde este ángulo.

Sé que he estado años preparándome para este fugaz segundo suspendido. Gracias a ella, tengo un conocimiento inesperado y total de la belleza. Una certeza que divide el mundo en dos: a un lado quienes se atreven a mirarla de frente, al otro lado aquellos que no son capaces. Una noción tan brutal como una onda expansiva.

Si una foto llega algún día a definirme, como la de una Hibakusha de Nagasaki de Shomei Tomatsu, o la de Kim Phuc, la niña del napalm que dio el Pulitzer a Nick Ut, quiero que sea este plano frontal. No por mí, sino por ella. Se agolpan en mi corazón las mil razones por las que la admiro: encarna el valor de una vida sin aquello que la mayoría damos por sentado: el no-dolor, la capacidad de hacernos invisibles a voluntad, o muy visibles cuando es necesario, la caricia sin desgarro, la vida por delante, la posibilidad de un beso.

No creo que pelee por ella misma, sino por otros como ella y por los suyos. Echa mano de sus armas, que son el mantra ‘Tonterías las justas’ y un feroz sentido de privilegio.
Da la cara. Eso es lo que me fascina. Da la única cara que tiene. Herida sobre herida. Cicatriz tras cicatriz. Se instala en el presente, siempre en el lugar exacto del presente, sin pedir permiso ni disculpas, cancelando las expectativas. Ha aprendido a sentir compasión por el miedo ajeno, y orgullo de sí.

Lucho porque su rostro se vea. Si no lo intento, me resultaría imposible verme a mí mismo de la misma manera. En cierto modo, creo que lo que hace que la gente rehuya su rostro no es la curiosidad malsana, sino el terror de enfrentarse a una especie de Bocca de la Verità. El instinto de que cuando ella les mire, tendrán una medida cabal de su propia alma en función de la belleza que consigan ver tras las señales, la lacra, las suturas. A un lado, los que huyen; al otro los dispuestos a darle dignidades de guerrera.

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